22 January 2014

LA CABAÑA DE THEO JANSEN


Durante el curso 2011-12 tuvimos la oportunidad de visitar en dos ocasiones el taller de Theo Jansen en las afueras de Delft en Holanda. Se trata de una construcción modular, una caseta espartana situada sobre una ladera artificial entre el área suburbana de Ypenburg y la autovía A4, que conecta Amsterdam y Delft. Ante la ausencia de senderos, abandonamos las bicis junto a la acera y caminamos sobre la hierba ladera arriba. En lo alto, una lengua de arena surge bajo la espesura de un nutrido grupo de sauces y sirve de acomodo a la cabaña, muy bien acompañada por alguna de las criaturas móviles creadas por el propio Jansen. Unos paneles expositivos muestran, a modo de improvisado museo arqueológico, todo un atlas de articulaciones, rótulas y ligamentos artificiales: extraños exvotos de la mecánica.

Inmediatamente nos sentimos atraídos por este extraño lugar. La cabaña nada tenía que ver con aquella que Martin Heidegger ordenó construir en las idílicas montañas de la Selva negra, ni tampoco, claro está, con la construida por el propio Henry David Thoreau en el bosque junto al lago Walden en Concord, Massachusetts. Aquí el entorno lo configuraba una autopista y una urbanización de viviendas un tanto anodina, el paisaje típico de la periferia. Sin embargo, su posición aislada y elevada resultaba ideal para investigar en solitario y testar ladera abajo el sorprendente caminar de los prototipos móviles; el viento, que tanto gusta de habitar en lo alto, agitaba los árboles e inquietaba a los “animales”, que parecían comprender el lenguaje del territorio.

Resulta envidiable la cultura pragmática de este holandés, artista y estudiante de física en la Universidad de Delft. Lejos de laboratorios pretenciosos o naves rehabilitadas para artistas recomendadas por curators en las nuevas guías para turistas trendy, su lugar de trabajo se establece sobre tres elementos estrictos y mensurables: retiro, economía y viento. La montaña artificial sobre la autopista proporciona el lugar perfecto para la investigación en soledad, un margen de la ciudad para trabajar al margen; la instalación de la frágil construcción entre los árboles la asegura frente al viento: los árboles arropan y defienden, construyen la cabaña desde la profundidad de sus raíces; el viento se presenta como el verdadero protagonista del lugar, el motor que pone en marcha por vez primera los prototipos de Theo Jansen; si Le Corbusier dibujaba la Acrópolis con el mar y las montañas al fondo, el paisaje terrestre, aquí éste alcanza la transparencia de lo cotidiano frente al paisaje atmosférico, ese fluido vaporoso que descubrimos cuando desertamos de la ciudad mirando hacia arriba y percibimos el viento entre nosotros.


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