En la actualidad los arquitectos abordamos
con asombrosa solvencia construcciones
poco frecuentes dentro de nuestra formación académica y disciplinar. En
concreto, emergen entre otras, interesantes propuestas en el campo de la indumentaria,
el diseño de moda, las técnicas de patronaje
e incluso la producción de estas otras envolventes para el cuerpo humano (1). La
filiación disciplinar parece evidente y de hecho, si se recurre al lenguaje, la
terminología asociada a la construcción de espacios y a la vestimenta presenta
en algunas lenguas el mismo origen común: “la palabra Wanda (muro) posee la misma raíz y el mismo significado básico que
Gewand (vestido), aludiendo directamente al antiguo origen y al tipo de
cerramiento espacial visible” (2). Interesa aquí sin embargo, no tanto el
abordaje del diseño del traje desde las herramientas propias de la arquitectura,
sino la consideración de ésta como parte de un conjunto de filtros y urdimbres
graduales entre el cuerpo y el afuera, una serie de permeabilidades sucesivas
íntimamente ligadas a nuestra identidad.
