Que la arquitectura no es posible
sin la luz resulta tan evidente como inexacto. O al menos incompleto. Efectivamente,
tantas veces se nos ha dicho ya, la luz puede ser la materia prima de la
arquitectura, su sustancia. Cierto. No hace tanto el ciclo de la vida se
organizaba en torno al ciclo solar y la arquitectura convocaba a la penumbra al
abrigo de noches estrelladas (1). La electricidad estimularía la mágica
capacidad de los hombres para la fabricación de la luz, el artificio luminoso
que permitiría la modificación de patrones ancestrales de conducta. Sin
embargo, se suele obviar con frecuencia un componente no menos fundamental para
el hecho de habitar, un espectro presente en la hoguera y la luminaria, una energía
tan inmaterial como ferviente servidora de la luz: el calor.
