A la escalera se la ha de mirar de frente. Acometer su trazado caminando de espaldas -o de costado- podría suponer una repentina pérdida del equilibrio (1). Y la escalera es generosa, diríamos incluso desprendida en la aplicación de la suprema Ley de la Gravedad (2). Toda escalera supone siempre un principio, una expectativa embarcación. Quizá embarcar sea aquí la palabra adecuada: también de frente accedemos al barco, también vacila nuestro pie en el espacio a la hora de abandonar el firme. No obstante, toda escalera ofrece final y literalmente un desembarco.
