Existen lugares en los que conviene domesticar la luz, tamizar de alguna manera su intensidad deslumbrante, hiriente por momentos para nuestra retina. Muchos son los mecanismos de que disponemos en arquitectura a tal efecto, filtros y veladuras, porosidades que transforman la solidez de los límites en tramas más o menos vaporosas para la luz o el aire, la humedad, el sonido o los aromas que configuran un lugar. En la lógica de la intermediación, el intersticio se confabula con el Mundo para nosotros.
