En 1974 Mariano Bayón entrevista a un Alejandro de la Sota
apartado de la Academia y la parafernalia cultural de la
arquitectura, un ambiente del que se aislaría para siempre de forma voluntaria: “escribiré algo en
una revista de constructores, para constructores” (1). Sin duda, el interés de
Sota por las cuestiones disciplinares le alejan de un paisaje teórico excitado
por las publicaciones en España de los textos de Aldo Rossi o Robert Venturi y
Dennis Scott Brown a principios de los 70 (2). El mundo de la experimentación
tecnológica, cuya bandera ondea sin ninguna duda durante toda la modernidad, daba paso a las atmósferas
de especulación intelectual y el debate académico se traslada progresivamente
de la arquitectura a la ciudad, un ámbito del que Sota habla muy poco: tal vez no
fuera su escala.
