Posiblemente el color sea uno de los materiales más contemporáneos y menos conocido en arquitectura: la luz, el espacio, el tiempo o la materia han recibido -sin dudarlo- una mayor consideración como instrumentos y herramientas de proyecto. Tal vez sea porque el color depende siempre del entorno y sus condiciones cambiantes: el color es un medio siempre relativo; tal vez sea porque el color se incorpora como parte indisoluble del cuerpo y la materia (1); tal vez sea porque aún no se haya superado la supremacía del blanco, ligero y contenedor de todos los colores, como solución discreta y ortodoxa, la menos incorrecta en el imaginario colectivo de la Europa del último siglo (2); o tal vez sea porque la percepción del color es asunto altamente complejo en el que cada cual recuerda e identifica de manera diferente un rojo -por ejemplo- en el terciopelo de las butacas de un teatro.
