La naturaleza está siempre presente en arquitectura, no hace falta dibujarla. En palabras de Alejandro de la Sota: "La arquitectura puede acercarse a la naturaleza, puede ponerse enfrente, no puede olvidarla" (1). A lo largo de la historia, el convenio entre arquitectura y paisaje ha dado lugar a numerosas analogías e identificaciones, desde los grabados de la flor de loto en el capitel egipcio o la hoja de acanto en el corintio, hasta las damasquinas en cerámica o las hojas de palmera moldeadas por Antonio Gaudí en la cerrajería de la Casa Vicens. De la abstracción más recalcitrante a la voluptuosa naturalización de la arquitectura.
