Cuando
Eduardo Chillida decidió aparcar sus estudios de arquitectura y dedicarse al
dibujo en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, pronto descubrió que su
virtuosismo ante el desnudo poco o nada tenía que ver con sus intereses. El
joven talento pronto descubrió que aquella habilidad sublime, que conectaba
con certeza el ojo con la mano, no era suficiente para encontrar aquello que buscaba: el vacío, la gravedad, la luz allí en la hondura de la materia,
el tiempo, el origen en definitiva de algo anterior y remoto, no podía ser
desvelado por un adolescente diestro (desde la destreza). Fue entonces cuando comenzó a dibujar con la mano izquierda, esa mano que hasta entonces era
utilizada para sujetar el papel o el caballete, mano lastrada por la
torpeza, mal entrenada, la mano en el bolsillo, la mano periferia.
