La construcción de la ventana supone
un verdadero ejercicio de concentración. El simple hecho de perforar un muro
permite tamizar la luz, domesticarla, iluminar como función primera y esencial
del hueco (1). En ocasiones la ventana se presenta además como un espacio en sí
mismo, un intermedio profundo al que cualificar desde la configuración de sus
propios límites, un pabellón instalado entre el afuera y el adentro.
