En ocasiones la arquitectura explica los principios de su entorno y, al mismo tiempo, el paisaje justifica, prestigia y autoriza esa arquitectura. Como si la estrategia de proyecto hubiese estado siempre allí, oculta, pero a la vista de todos, como esas flores que crecen entre los adoquines de la calzada, frágiles pero infatigables en su propósito. Como si la arquitectura no pudiera ser de otra manera y, sin embargo, constatara todas nuestras dudas y nuestras contradicciones.
