La arquitectura acepta la dificultad como una de sus más naturales condiciones. Cuando el lugar es delicado y frágil, el encargo enmarañado, la preexistencia valiosa, el espacio pequeño y oscuro, las condiciones de borde imposibles, cuando en definitiva la exigencia es máxima y el presupuesto es limitado, la arquitectura encuentra su sentido más profundo desde el acuerdo y el compromiso con el tiempo y el espacio. Como si lo difícil fuera tan solo una expresión de nuestras servidumbres (1).
