La historia de la arquitectura podría ser contada como la historia de un límite: la envolvente que nos abriga y nos separa del afuera. Esta protección, entendida como una armadura habitada, favorece la clásica confrontación de lugares y situaciones excluyentes: interior o exterior, abierto o cerrado, público o privado, pequeño o grande. Sin embargo, cuando el límite adquiere ciertas condiciones de profundidad y/o permeabilidad, las situaciones excluyentes pueden ser resueltas en un ejercicio de transiciones sucesivas: "La arquitectura debería ser concebida como una serie de espacios intermedios claramente definidos. El intermedio habilita el espacio común en el que las polaridades conflictivas pueden ser fenómenos gemelos" (1).
