La Ciudad se ha convertido
progresivamente y quizá desde la Revolución Industrial, en una suerte de gran
depredador sobre el medio. Su papel como agente dinamizador de la actividad
económica y cultural del mundo, el progreso,
ha configurado conurbaciones de consumo, mega-estructuras desconectadas de los
ciclos de la naturaleza, la energía o los recursos. La Ciudad Genérica pesa demasiado para el Mundo: superficial, desestructurada, hiperdensa, polucionada, “supremamente inorgánica” (1), la ciudad impermeable en la que el imaginario de un afuera natural se reduce al bucólico artificial
de los lagos en el campo de golf, o la nieve industrial pulverizada sobre la pista de esquí.
