En ocasiones nos hemos preguntado
por el fuerte sustrato emotivo de la arquitectura religiosa cuando ésta se
aborda desde la humildad (1). Se trata no tanto de subrayar su carácter
instrumental, su voluntaria renuncia a la singularidad, el ascetismo material o
su incorrección ante la ortodoxia del
canon; tampoco se pretende desvelar la ausencia de mecanismos dramáticos de la
luz como trampa sobrecogedora. Tal vez el templo al que nos referimos pretende
“solamente” conectar lo humano con lo humano,
fortalecer tanto la individualidad como la comunidad, la introspección y la
concurrencia en una suerte de caja de
resonancia para el espíritu.
