17 January 2017

CON LOS OJOS CERRADOS


Llevo días pensando en una casa derrumbada y un libro. La primera, tristemente desaparecida, oculta para siempre ya de nosotros, silente; el segundo por fin leído, desplegado en su totalidad ante mis ojos, conocido aunque ahora cerrado y silente de igual modo. Ambos ocupan un lugar privilegiado en mi persona, son parte de mí de alguna forma: son recuerdos. Y los recuerdos habitan felizmente en el olvido, quién sabe hasta cuándo y en qué forma y modo podremos celebrar su encuentro.

El libro "Niñez" de Antonio Gamoneda supone una inmersión delicada y honesta en la infancia del escritor, un lugar hostil en la carcoma de la Guerra Civil española que sin embargo, el poeta recuerda desde el olor de las manos de su madre, la mirada furtiva desde los balcones, la carretera nevada o las voces en el rosario de la aurora -como un coro extraño y proletario- ante los huertos abrasados: "Siento las oraciones, su lentitud, como serpientes bellísimas que pasaran sobre mi corazón" (1). 

La casa derrumbada se enmarca ya en un tiempo anterior, un leve espacio de nuestra memoria que será liberada por el Universo cuando todo desaparezca en el Horizonte del Tiempo. Sin embargo, la casa habita ahora para siempre en cada uno de nosotros, se hizo más grande y más profunda, como un oasis en el que recuperarse, una fuente, un paraíso, un lugar en el que sentir la fragancia de la arquitectura, la fragancia de lo verdaderamente nuevo que siempre será nuevo, como aquel que presiente el olor de las manos familiares, su calor, su tersura rescatada del olvido por cada cual en su soledad con los ojos cerrados. También la arquitectura es hermosa con los ojos cerrados. Existe, con los ojos cerrados (2).

NOTAS

(1) Antonio Gamoneda, Niñez, Barcelona, Calambur, 2016. Pág. 39.
(2) Sirvan estas líneas como homenaje a la Casa de Enrique Guzmán, proyectada por el arquitecto gallego Alejandro de la Sota a principios de los años setenta y recientemente desaparecida.

Croquis MADC.

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