25 November 2016

ESTADO RESORT, PLANETA BASURA


Ganar unas elecciones presidenciales requiere al menos un candidato, un partido, una ideología. Necesario pero no suficiente, como bien saben nuestros atentos politólogos. Para ganar unas elecciones presidenciales se necesita un relato coherente y estimulante sobre el Mundo, una historia –a veces un cuento- desde la que el ciudadano pueda reconocerse a sí mismo y reformularse en relación a los otros. Así hemos pasado en cuestión de días del Yes We Can de Obama al America First de Trump: del estado del bienestar al estado resort.

Trump ha sabido deslizar un relato que si bien no es nuevo, sí ha resultado efectivo en este momento, al menos para buena parte del electorado norteamericano. La imagen del estado resort privilegia la exclusividad del club, una ficción escenográfica que promete beneficios sólo al reducto nacional, el ‘auténtico’ pueblo norteamericano en este caso. Así, en el interior del estado resort no existe el cambio climático, ese invento de hippies trasnochados; en el interior del resort no habitan inmigrantes molestos de culturas indescifrables, no hay lugar para los indignados, los desposeídos ni por supuesto para mujeres como Rosie O’Donnell; por no haber, no hay ni enfermos, milagro y razón de más para suprimir de inmediato el programa ObamaCare. El resort deporta las realidades molestas y en su lugar ofrece una suerte de naturaleza-ficción, una distopía paradójicamente próspera, una pesadilla de rostro operado tristemente feliz.

El resort propone en su interior tan solo dos modelos de habitante: el cliente y el empleado. Y el menos atractivo ya cuenta -de partida- con la promesa de un empleo, el comienzo del sueño americano propiciamente recuperado por obra y gracia de Trump: bring jobs back from China, Mexico, Japan and Vietnan nos decía. Claro que en el imaginario del resort, el rol más tentador será el del cliente por derecho, el centro seductor para el que se establece un entorno soleado y climatizado a base de aspersores y piscinas cloradas, césped artificial, columnatas clásicas, música dance y tías buenas, que “para eso voté a Trump, soy blanco, norteamericano y tengo una estatua de la libertad”. La ciudadanía ha muerto: se buscan clientes, empleados y palmeras de atrezzo.

El imaginario del estado resort preocupa tanto por su interpretación interior del modelo ciudadano como por su concepción implícita y global del mundo exterior: para el estado resort el planeta es basura, de hecho, si el planeta constituyese un paraíso no se necesitaría del resort, ésta es la verdadera tragedia oculta y silente, el fango en las alcantarillas del relato de Trump. Es precisamente en este punto donde los límites resultan indispensables, la obsesión por los muros, las fronteras de espino que ‘resuelven’ cualquier conflicto expulsando al planeta basura todo aquello que de alguna manera incomoda a los clientes o dificulta la labor de los empleados: get out of my country, un nuevo mantra militarizado y al parecer contagioso que el mundo observa con una mezcla de miedo, estupefacción, impotencia e incertidumbre.

Hace poco el filósofo Slavoj Žižek argumentaba en una entrevista que el error fatal radicaba no tanto en la figura de Trump como en el propio sistema, incapaz de reconocer en la vulgaridad y los errores manifiestos del nuevo presidente la parte humana, visceral y sin censura que ha permitido que millones de americanos se sientan identificados con él y su relato, una versión de la realidad más allá de los partidos tradicionales –más allá de los estados del bienestar- que resulta seductora para una sociedad hastiada de crisis, recortes, desigualdad, paro o corrupción: un mal que se extiende como la pólvora. ¿Existe en el Mundo conocido un relato alternativo y coherente al América First capaz de ganar unas elecciones? Me temo que pronto lo sabremos. Hasta entonces, bienvenidos a la era de los estados resort -Donald Trump- y el planeta basura.      

Imagen: A bigger splash. David Hockney

Publicado originalmente en El País, 24 de noviembre de 2016, consultar aquí.

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